← Contenidos

Psicología del ejecutivo en transición

El síndrome del impostor no desaparece cuando subes de nivel. Empeora.

A mayor trayectoria, mayor puede ser la caída del síndrome del impostor en una transición. Entender por qué es el primer paso para manejarlo con rigor.

Pauline Clance y Suzanne Imes describieron el síndrome del impostor en 1978 como la experiencia interna de sentirse un fraude intelectual, con el miedo persistente de ser descubierto como menos capaz de lo que los demás creen. Lo identificaron inicialmente en mujeres de alto rendimiento académico. Lo que las décadas siguientes de investigación revelaron es que el fenómeno no distingue género, nivel educativo, ni posición jerárquica. Si acaso, se intensifica con el éxito.

Para el ejecutivo senior en transición, esto tiene una implicación específica y contraintuitiva: el período de mayor vulnerabilidad al síndrome del impostor no es el inicio de la carrera, cuando la inexperiencia podría justificar la inseguridad. Es el momento de la transición, cuando la trayectoria acumulada debería proveer la mayor confianza posible. El mecanismo por el que esto ocurre es preciso.

Por qué la transición activa el síndrome

Durante el ejercicio activo de un rol de alto nivel, el síndrome del impostor encuentra un contrapeso permanente: los resultados. La organización funciona. Los proyectos se entregan. Las decisiones generan impacto visible. Esa retroalimentación continua de competencia real actúa como un ancla que mantiene el síndrome dentro de un rango manejable.

Cuando el rol desaparece, el ancla también desaparece. El ejecutivo queda sin la retroalimentación de resultados que calibraba su autoevaluación, y sin el contexto estructurado en que su competencia era observable y reconocida. Lo que queda es la voz interna que siempre cuestionó si el éxito era real o circunstancial.

La investigación de Valerie Young sobre los patrones del síndrome del impostor identifica cinco perfiles arquetípicos. El más prevalente en ejecutivos senior es el del experto: alguien que cree que debería saberlo todo sobre su campo antes de poder afirmar autoridad en él. En un rol corporativo, la expertise acumulada en un dominio específico provee suficiente seguridad. En una transición, donde el dominio cambia o se amplía, esa expertise ya no alcanza para silenciar la voz del impostor.

El problema de la comparación lateral

Hay un mecanismo adicional que opera con especial intensidad en el perfil ejecutivo latinoamericano: la comparación con pares que aparentemente están más avanzados en su proceso de transición. El colega que ya tiene su firma de consultoría operando. El par que anunció su nuevo rol corporativo a los tres meses de haber salido. El conocido que ya está construyendo su startup.

Leon Festinger, en su teoría de la comparación social, documentó que nos comparamos de manera natural con personas en situaciones similares para calibrar nuestro propio desempeño. El problema en el contexto de transición ejecutiva es doble: primero, la información disponible sobre los demás es curada, se ven los anuncios de LinkedIn, no las dudas de las dos de la mañana. Segundo, las condiciones de partida de cada proceso son radicalmente distintas, lo que hace que cualquier comparación sea metodológicamente inválida aunque psicológicamente inevitable.

Qué funciona y qué no funciona

La respuesta habitual al síndrome del impostor, la autoafirmación, el mindset positivo, el recordatorio de los logros pasados, tiene un efecto limitado documentado. La investigación de Claude Steele sobre afirmación de valores muestra que la autoafirmación funciona mejor cuando refuerza valores core, no cuando intenta contradecir directamente la voz del impostor.

Lo que funciona de manera más robusta es la externalización estructurada: convertir los logros y competencias en un inventario documentado, observable y verificable. No como ejercicio de autocomplacencia, sino como ejercicio de objetivación. Un ejecutivo que puede leer su inventario de capital profesional, con evidencia concreta, con impacto documentado, con la perspectiva de lo que hubiera ocurrido sin su intervención, está construyendo un contrapeso al síndrome que no depende del estado emocional del momento.

El segundo mecanismo que funciona es la acción orientada a resultados en la etapa temprana del proceso. La investigación sobre autoeficacia de Albert Bandura muestra que la confianza en la propia capacidad se construye fundamentalmente a través de experiencias de dominio, pequeñas victorias observables que calibran la autoevaluación con evidencia actual, no solo con historia pasada.

En el Professional Architecture Lab, el Módulo 1 incluye el inventario estructurado de capital profesional precisamente por esto: porque documentar con rigor lo que el ejecutivo ha construido es el antídoto más efectivo al síndrome del impostor. No la inspiración, la evidencia.

Fuentes y referencias

Bibliografía del artículo.

  1. 1.Clance, P. R. & Imes, S. A. (1978). The imposter phenomenon in high achieving women: Dynamics and therapeutic intervention. Psychotherapy: Theory, Research & Practice, 15(3), 241-247.
  2. 2.Young, V. (2011). The Secret Thoughts of Successful Women: Why Capable People Suffer from the Impostor Syndrome. Crown Business.
  3. 3.Festinger, L. (1954). A theory of social comparison processes. Human Relations, 7(2), 117-140.
  4. 4.Steele, C. M. (1988). The psychology of self-affirmation: Sustaining the integrity of the self. Advances in Experimental Social Psychology, 21, 261-302.
  5. 5.Bandura, A. (1997). Self-Efficacy: The Exercise of Control. W. H. Freeman.

Programa insignia del instituto

De la lectura, al rediseño de tu próxima etapa.